Isidro Rebollo. Dr. en psicología, psicoanalista.

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Mitos sobre la anorexia

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MITOS SOBRE LA ANOREXIA

 

Si es cierto que la anorexia va ganando terreno en la sociedad no podemos decir lo mismo de la respuesta que la clínica está dando para comprenderla. La campaña manipulada o no en contra de la moda y del culto al cuerpo, la indigente respuesta de la medicina provoca lo que era de esperar: la denuncia refuerza el discurso denunciado.

Si se puede interpretar de lo anterior que hay quien tiene la solución, que la verdad tiene dueño que pueda acabar con el problema, habrá fracasado la intención y el propósito del artículo. Todo lo contrario, las patologías de final de siglo, como alguien se ha atrevido a calificarlas, si bien en lo básico no han cambiado, nos interrogan a todos y nos indican que hay que prestar más atención a la subjetividad de cada época. Efectivamente de los conflictos relacionados otrora con las ideas, depresiones, fobias, obsesiones... se está pasando a las patologías denominadas del acto, del límite, donde las agresiones, los abusos sexuales, las drogas, acarician el goce, y la anorexia por no ser menos, juega en los bordes incluso de la muerte.

Estamos ante una manera particular de enfermar, una respuesta específica a un conflicto personal, es el síntoma de una estructura. Si a un edificio de nueva construcción, elegido y cuidado con esmero y en el que hemos hipotecado nuestra vida le surge una grieta, nos preocupa. Podemos taponarla con masa, enyesarla, pintarla y todo aparentará normalidad. La causa la atribuiremos a la dilatación, al acuífero cercano, al viento si quieren; pero no nos hemos preguntado qué es lo que ha fallado de la estructura y cualquier intento de parchear será vano en efectividad.

Puede ser que el arquitecto en su diseño y distribución no ha ajustado como debiera las piezas y los materiales. Este es el trabajo que nos corresponde como padres, como familiares más cercanos, cuestionarnos por las causas últimas y no derivar culpabilidades a una sociedad frívola que pone a la parca sobre las pasarelas.

Se trata de pensar que previamente a la moda está la estructura propia del sujeto. Es decir, no hay anorexia como síntoma si no hay una estructura histérica que la acune y busque a través de la moda una manera de denunciar un conflicto personal. Es decir que la histeria se adapta a la moda; no entendida como pasarela o talla 36, sino como fenómeno esperpéntico que llama la atención. Si invitamos o imponemos la 38 o 40, buscarán otra manera de manifestarse, de buscar un lugar propio desde donde hacer su denuncia. Denuncia a la que son ajenas ya que el síntoma es a la vez externo e interno al sujeto; aquello que le es lo más propio también le es lo más desconocido. Mientras tanto nosotros ilusos, somos espectadores de su exhibición. O es que acaso no es gracias a la inteligencia de la que hacen gala que nos hacen pasar por las horcas caudinas de su terrible síntoma.

La anorexia no es reciente, existe como síntoma descrito por Portio (1500), Morton (1694), Gull y Lasègue (1873) y estaremos de acuerdo que los cánones que entonces imperaban no eran los actuales.

Hay en casi todos los casos una rivalidad manifiesta en el seno familiar, que cuando se denuncia provoca la sorpresa, incredulidad, cuando no las iras de los padres. Para apaciguar los ánimos es necesario precisar que no fracasamos como personas, sino en nuestra función paterna. Hemos de suponer a todos buena voluntad; a pesar de ello, ésta no evita que de los deseos entre padres e hijos salten chispas en forma de síntomas. Somos personajes de nuestra novela familiar y por tanto sujetos al guión. Por qué no preguntarse quién lo redacta.

¿Por qué entonces elegir la anorexia?. Porque se siente acorralada y dice no quiero nada de lo que me das y por ello como nada y si lo hago será lejos de la mirada vigiante de los padres.

Con esta forma de suicidio no violento, denuncian entre otras cosas que el más preciado bien de la persona, aunque cueste reconocerlo, no es la felicidad. Esto por una parte y por otra, que algunas manifestaciones del amor son una forma de tortura. Que no se las atiborre con la papilla asfixiante diría Lacan, que se las permita una posibilidad para mantenerse deseantes. Desear aunque sea desear nada, es una manera de mantener vivo el propio deseo. ¿No quieres que sea perfecta?, pues imitaré el cuerpo perfecto. Ser perfecta es morir como sujeto.

Las cosas no han cambiado tanto, a pesar de que los clínicos afirman con nostalgia que para histéricas las de antes, las místicas (Santa Teresa) ayunaban voluntariamente por motivos religiosos o como goce en estado puro, Santa Liberta (Virgofortis) por negativa a contraer matrimonio con un sarraceno impuesto por su madre, Santa Catalina de Siena era cebada por la madre con la finalidad de conseguir un cuerpo atractivo para el matrimonio que ella no deseaba; al igual la Princesa Margarita de Hungría. En la época victoriana, Freud nos deja una abundante documentación de las histéricas y sus síntomas en forma de parálisis, contracturas, cegueras: Anna O, Emmy von N, Dora...,

De todos es sabido por qué la medicina abandonó las histéricas a su suerte al considerarlas, mentirosas, simuladoras, imitadoras, el Proteo, dios de las mil caras. Como el pájaro tero que un sitio pega los gritos y en el otro ponen los huevos.

Fue de esta indigencia médica de donde nació el psicoanálisis. Si nada ha cambiado en la óptica de la clínica médica, tampoco ha cambiado el rechazo de la histeria a todo lo que huela a saber y a domesticación. Mantendrán su lucha particular aún a costa de la amenaza de la caquexia, la huelga de hambre.

La unidad cuerpo mente continúa imposible de diferenciarse, paradigma de lo cual es el mensaje del cuerpo en la anorexia y a ello hemos de estar ojo avizor para no caer en el órdago a la grande que nos propone el sujeto que la padece.

Es por eso que la terapia representa problemas; ellas consideran que el especialista no deja de ser un aliado paterno que ayudará en el control, en la domesticación con el imperativo del !traga!; cuestión peliaguda donde las haya para el clínico que se transforma en cómplice. Y es justamente eso lo que se las ofrece desde las instituciones.

Más allá los diagnósticos se disparan ante la amenaza de un cuerpo delgado que condiciona tanto. Hoy en día cualquier dieta dirigida conscientemente al mantenimiento estético corre el riesgo de ser diagnosticada de anorexia. La histeria colectiva está servida y uno de sus mecanismos inconscientes favoritos, la identificación, hace que donde aparece una proliferen. En lugar de reconocer su propio deseo, prefieren proyectarse en el de otros, lo incorporan, se confunden en él.

Ante tales síntomas no vale la ingenuidad de los que piensan que la causa la propicia la moda, el culto al cuerpo. Cualquier mujer sabe en qué punto es atractiva a la mirada. Pero no todas las mujeres saben qué hay que hacer para ser mujer, ¿qué es una mujer?, hasta que no lo sepa no quiero curvas, no quiero pechos, no quiero regla. Estamos ante el universo oscuro de la sexualidad femenina.